Este post tiene cierto grado de vulgaridad, así que a las dulces dos o tres niñas que me apoyan visitando el blog les pido que se tapen los ojos en lo que me entra la nostalgia de una época más inocente para mí, pero no para el resto de mis contemporáneos.El miércoles estaba comprando tortas a dos cuadras de mi casa, quizá mi primera salida fuera de casa en al menos una semana, cuando al percatarme de mis alrededores me di cuenta de que me encontraba a la vuelta de la esquina de donde vivía una pretendiente que me acosó por varias semanas en sexto año de primaria. La niña no tenía nada de malo, yo simplemente todavía no sabía cómo manejar a las mujeres a los 12 años. Solía llamarme todas las tardes y preguntar incesantemente "¿Te gusta Perla Guadalupe?" (su propio nombre, aunque cambiado para proteger a la inocente). En ese entonces se me podía ver leyendo una revista, sujetando el auricular con el mentón y el hombro, repitiendo "no, no, no, no, no..." A veces decía sí, nomás para vacilar.
Espero que no haya sonado muy presumido, porque en realidad ella fue la última niña que me buscó. La siguiente vez que la vi, caminando por el rumbo, ella ya estaba casada y con un bebé. Yo todavía ni había tenido novia para ese entonces. Ni habia entrado a la prepa. "La que se me fue", pensé al verla. Me sacó de onda el humor extraño del pensamiento.
En fin, estaba esperando las tortas, pensando en la extraña escena que se armaría de verla asomarse por la esquina seguida de sus quince o veinte hijos, qué se yo. Pensé que en vez de hacer como que no nos reconocíamos, yo, de la manera más amable e inocente, la invitaría a tomar un café para acordarnos de cuando éramos niños. De cuando me dio toda la oportunidad de demostrar que a mí también me gustaba Garibaldi, que teníamos eso y mucho más en común, pero en su lugar yo me mantuve firme en mi declaración de que yo no escuchaba porquerías. Y en el Vips ella estaría toda extrañada y pensando si quería tener una aventura con ella o qué, cuando en realidad mi gesto más afectivo de toda la tarde hubiera sido el pagar la cuenta. En eso andaba fantaseando cuando un auto se estacionó del otro lado de la calle. Una muchacha se bajó, miró rápidamente a donde yo estaba y después se metió a la casa de enfrente.
En el espacio en el que se bajó del auto y entró a la casa vi algo que me recordó mi segundo año de secundaria. Yo solía juntarme con un tipo cuyos puntos positivos apenas superaban sus negativos. Apenas. En especial le debo a él haberme presentado el Heavy Metal, para el cual tenía un excelente gusto. Pero en general era un paria que poca gente soportaba, aunque de hecho no puedo recordar por qué. Como éramos inseparables, a menudo me preguntaban "¿cómo lo aguantas?". Honestamente, no puedo recordar por qué a la mayoría de la gente le parecía repelente. Huh.
En fin, "Patricio" tenía algo en común con el resto de los varones de la secundaria: una mente sucia y una lengua que no se quedaba atrás. Si mi ineptitud con las mujeres durante mi adolescencia es algo que me apena recordar, el hecho de que yo estuviera imposibilitado para siquiera formular un pensamiento lascivo, mucho menos expresarlo, no me molesta, la verdad. Era increíble cómo cuatro de cada cinco palabras que salían de sus bocas era una referencia a un hipotético coito, heterosexual u homosexual. En retrospectiva, lo más irritante no era lo grosero o vil de muchos de estos discursos, sino lo ignorantes que eran. Su idea de la sexualidad eran chistes de cantina pasados por un teléfono descompuesto. Nunca olvidaré cuando mi querido amigo "El Huevo" llegó todo azorado a Laboratorio con la revelación de que "no se hace por atrás, ¡se hace por adelante!".
Patricio y yo caminábamos juntos a la secundaria, casi siempre platicando sobre Maiden y Sepultura, pero siempre se interrumpía cuando veía a una mujer pasar, porque forzosamente tenía que sacarse las ideas del sistema. Ni siquiera mujeres espectaculares: hasta las señoras gordas que iban a dejar a sus hijos recibían algo grotesco. Yo pensaba "a ella no le interesa, a mí no me interesa, ¿por qué tienes que abrir la boca?". No era tanto que yo velara por la dignidad de las regiomontanas, sino que me irritaba ese... impulso poco práctico. Recuerdo especialmente bien a una señora, relativamente madura pero que se esforzaba por parecer más joven, y el comentario que me compartió Patricio al verla venir:
"Chale, toda abierta".
El caballero se refería a los ajustados pantalones de mezclilla, que revelaban una separación particular entre sus muslos. Para variar, yo no sabía de qué estaba hablando, y me explicó en peores palabras que era seña visible de que había sido desflorada, dejando implícito que las mujeres cuyas piernas se cerraban en una V inversa se habian mantenido doncellas.
Tal tipo aprendizaje fue común en esos años, pero pronto fue borrado por completo al leer algunos libros serios que había en mi casa sobre el tema. De haber sabido antes, le hubiera dicho ahí mismo que el hímen no es una corcholata lista para tronar y quebrar a la mujer en dos. Las diferencias en esta parte de la anatomía de las mujeres me fueron reveladas en una divertídísima anécdota de Luis Buñuel en su autobiografía Mi último suspiro. En ésta recuerda cómo en un viaje a la playa se la pasó quejándose con Salvador Dalí de que detestaba a las mujeres que "tienen el coño colgando entre las piernas". Poco después llegó Gala, la esposa de Dalí, y su traje de baño revelaba que ella también estaba "toda abierta".
Básicamente, viendo a esta chica entrando a su casa quise pegarle en la nuca a Patricio. Me pregunto si ir a comprar las tortas se volverá un viaje constante a ese pintoresco pero finalmente incómodo periodo de mi vida llamado Secundaria.
Pedro Arizpe, 23/01/09


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